Por qué la intervención de Trump en Venezuela puede convertirse en un precedente peligroso para el mundo
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses marca un punto de inflexión en la política internacional contemporánea.
No se trata solo del fin de un régimen autoritario que durante años ignoró la voluntad popular en Venezuela, sino de algo potencialmente más profundo: la normalización del uso unilateral de la fuerza para imponer cambios de gobierno.
Donald Trump no ocultó el mensaje.
Desde Mar-a-Lago, anunció que Estados Unidos asumirá el control de Venezuela “hasta que pueda producirse una transición segura”, dejando claro que no descarta el despliegue militar permanente.
Más allá del impacto inmediato, la pregunta clave es otra: **¿qué reglas quedan cuando la mayor potencia del mundo decide actuar fuera del marco del derecho internacional?**
## Un mensaje que trasciende a Venezuela
Para muchos venezolanos, la caída de Maduro puede representar alivio, incluso esperanza.
El régimen había perdido legitimidad electoral y gobernaba mediante represión y corrupción.
Sin embargo, el método utilizado para sacarlo del poder envía una señal inquietante al resto del mundo.
Estados Unidos no solo capturó a un jefe de Estado extranjero, sino que anunció su intención de administrar el país y su industria petrolera.
Esto redefine los límites de lo aceptable en las relaciones internacionales y plantea un precedente que otros actores podrían usar a su favor.
Si Washington se arroga el derecho de intervenir militarmente para arrestar a líderes que considera criminales, **¿qué impide que otras potencias hagan lo mismo?**
El historial que nadie puede ignorar
La historia reciente no juega a favor del optimismo. En las últimas décadas, los intentos de cambio de régimen impulsados por Estados Unidos han dejado resultados profundamente problemáticos.
Irak, tras la invasión de 2003, se sumergió en años de violencia sectaria. Afganistán, luego de dos décadas de intervención y miles de millones invertidos, colapsó en cuestión de días tras la retirada estadounidense.
Incluso en América Latina, intervenciones como la de Haití en 1994 no condujeron a estabilidad ni prosperidad duraderas.
La lección es clara: **derrocar un régimen es la parte fácil; construir uno funcional es lo verdaderamente complejo**
¿Democracia o control estratégico?
Uno de los aspectos más reveladores del discurso de Trump es lo que no dijo. No habló de democracia como objetivo central ni respaldó a los líderes opositores que muchos venezolanos consideran legítimos. En cambio, Estados Unidos ha mostrado disposición a trabajar, al menos temporalmente, con figuras del propio aparato chavista.
Esto sugiere que la prioridad no es necesariamente la reconstrucción institucional, sino la estabilidad inmediata y el control estratégico, especialmente sobre los recursos naturales del país.
Trump ha sido explícito en su interés por las enormes reservas de petróleo y minerales venezolanos, planteando incluso que empresas estadounidenses deben ser “resarcidas” por expropiaciones pasadas. Esta lógica refuerza la percepción de que la intervención responde tanto a intereses económicos como políticos.
Un golpe al orden internacional
La operación contra Maduro debilita aún más un sistema internacional ya frágil. El principio de soberanía nacional y la prohibición del uso unilateral de la fuerza son pilares de la Carta de las Naciones Unidas.
Al ignorarlos, Estados Unidos contribuye a erosionar las normas que, con todas sus imperfecciones, han contenido conflictos globales durante décadas.
La reacción de China no es casual.
Pekín condenó la acción como una violación grave del derecho internacional, pero al mismo tiempo podría ver en ella un precedente útil.
Si EE.UU. puede intervenir en Venezuela, **¿por qué China no podría justificar una acción similar sobre Taiwán?**
Este mismo temor ha sido expresado en Washington por legisladores que advierten que Rusia, China u otros regímenes autoritarios podrían usar la lógica estadounidense para legitimar futuras agresiones.
Un mundo más inestable
Trump parece convencido de que el poder define las reglas y de que Estados Unidos puede actuar sin consecuencias. Sin embargo, el sistema internacional no funciona de manera unilateral.
Cada acción de este tipo reduce los incentivos para respetar normas comunes y aumenta la probabilidad de conflictos mayores.
La intervención en Venezuela puede marcar el inicio de una etapa aún más turbulenta, donde la fuerza prevalezca sobre el derecho y donde los precedentes sean aprovechados, no por democracias consolidadas, sino por los regímenes más autoritarios del planeta.
Conclusión
La caída de Maduro no garantiza un futuro mejor para Venezuela, y mucho menos para el orden mundial. Si bien su régimen había perdido legitimidad, el método elegido para removerlo abre una puerta peligrosa.
Más que el fin de una dictadura, lo ocurrido puede convertirse en **el comienzo de una nueva normalidad**, donde la ley del más fuerte sustituya a las reglas compartidas.
En ese escenario, no solo Venezuela corre riesgos: el mundo entero lo hace